
Utilizamos cookies para mejorar tu experiencia de navegación, ofrecer contenidos personalizados y analizar nuestro tráfico. Al hacer clic en ""Aceptar todo"" aceptas esto y consientes que compartamos esta información con terceros y que tus datos puedan ser procesados en Estados Unidos. Si deseas más información, lea nuestra .
Puedes ajustar tus preferencias en cualquier momento. Si te niegas, sólo utilizaremos las cookies esenciales y, lamentablemente, no recibirás ningún contenido personalizado.

Si llevas tiempo queriendo hacer una ruta por los pueblos más mágicos de Alemania, te traemos toda la información que necesitas para hacer la mejor ruta posible según tus gustos, huyendo de tópicos e investigando sitios originales y con mucho encanto...
El país donde, después de tres cervezas, te das cuenta de que hay vida mucho más allá de los búnkeres de Berlín y el postureo de Múnich. Venimos a presentarte pueblos que parecen sacados de cuento.
Estos destinos que te traigo hoy no salen en los típicos "Top 10" de las agencias de viajes pero tienen un encanto diferente.
Está a tan solo unos cuarenta minutos de Fráncfort, en la región de Hesse. Es el lugar perfecto para los amantes de la arquitectura tradicional alemana, ya que su casco antiguo es uno de los mejor conservados del país.
La mejor época para ir es sin duda la primavera, cuando las flores en las ventanas contrastan con los colores de las fachadas. El sitio más famoso es la Killingerhaus, una de las casas de entramado de madera más bonitas y detalladas de toda Alemania, que hoy funciona como museo local. También es imprescindible subir a la Torre de las Brujas (Hexenturm), el edificio más antiguo de la ciudad.
En Idstein puedes pasar una mañana o una tarde entera, ya que se recorre bien en unas tres o cuatro horas. Un plan ideal es perderse por sus callejuelas y terminar comiendo un buen Handkäse mit Musik, un queso típico de la zona marinado con cebolla, acompañado de una copa de vino de manzana local. Es un pueblo tranquilo, ideal para quienes buscan una escapada rápida pero visualmente impactante.
Este no es un pueblo como tal, sino una fortaleza que parece flotar sobre una roca en medio de un valle frondoso cerca de Wierschem, en la región del Renania-Palatinado.
Lo que hace especial a Burg Eltz es que nunca ha sido destruido, por lo que su estructura es original y ha pertenecido a la misma familia durante más de 800 años. La mejor época para visitarlo es el otoño, cuando el bosque que lo rodea se tiñe de ocres y rojos, creando una atmósfera de película. El castillo está algo escondido, por lo que llegar implica una caminata de unos veinte minutos por el bosque desde el parking, lo cual es parte del encanto.
Para visitar el interior con guía y ver la impresionante armería, necesitarás unas dos o tres horas, aunque mucha gente se queda más tiempo haciendo senderismo por los alrededores. Al estar en plena ruta del Mosela, no puedes irte sin probar un plato de caza o unas salchichas locales. Es importante recordar que el castillo cierra sus puertas en los meses de invierno profundo, así que conviene planificar la visita entre abril y octubre.
A orillas del río Mosela se encuentra Beilstein, un pueblo pequeño con tanto encanto que se le conoce como "la Bella Durmiente". Está encajonado entre viñedos verticales y el río, lo que le da una estética única. La mejor época para visitarlo es el final del verano o principios de otoño, coincidiendo con la cosecha de la uva. El punto neurálgico es la Plaza del Mercado, rodeada de casas históricas, y las ruinas del Castillo de Metternich, desde donde tendrás las mejores vistas del río.
Como es un pueblo pequeño, puedes verlo todo en un par de horas, pero lo ideal es quedarse a comer con calma. Un plan obligado es subir la escalinata que lleva a la iglesia de San José y luego sentarse en una terraza a degustar un vino Riesling de la zona con una Zwiebelkuchen (tarta de cebolla). Es el lugar perfecto para desconectar del estrés y simplemente ver pasar los barcos por el río.
Para terminar nuestra ruta, no podíamos dejar fuera a Quedlinburg, situada al norte de las montañas del Harz. Este pueblo es Patrimonio de la Humanidad y cuenta con más de dos mil casas de entramado de madera. La mejor época para visitarlo es el invierno, específicamente en diciembre, ya que su mercado de Navidad es uno de los más bonitos y tradicionales de toda Europa. El sitio más icónico es la Colegiata de San Servacio, que domina el pueblo desde lo alto de una colina de arenisca y guarda un tesoro medieval impresionante.
El plan ideal es recorrer tranquilamente el pueblo, parándote en cada pequeña tienda de artesanía y galería de arte. Es muy común probar aquí los platos a base de setas del bosque cercano y, de postre, un buen trozo de tarta de queso alemana (Käsekuchen). Está situado en el centro-norte del país y es, posiblemente, el conjunto medieval más espectacular de toda Alemania.
Antes de que te lances a comprar los billetes, vamos a ver si este viaje es para ti o si vas a acabar odiándome. Este no es un viaje para todo el mundo, así que aquí tienes el filtro definitivo:
Deberías ir si...
Te flipa la fotografía (cada esquina es literalmente un fondo de pantalla y no vas a poder soltar el móvil) o si eres de viajar lento. Te gusta la idea de sentarte en una plaza, tomarte una cerveza local y ver la vida pasar sin mirar el reloj. Además, si te gusta la naturaleza tienes muchos puntos para que te guste esta destino: casi todos estos pueblos están rodeados de rutas de senderismo brutales o ríos navegables.
Ni se te ocurra ir si...
Buscas un ambiente frenético y fiesta, estos pueblos son todo lo contrario y a partir de las diez, es difícil encontrar un plan fuera. Si odias las cuestas y el empedrado tampoco es tu destino: tus rodillas y tus tobillos van a sufrir, si no estás dispuesto a subir escaleras o caminar por suelos irregulares, lo vas a pasar mal.